Formación Espiritual

¡No Me Puedo Contener! Compartiendo las Maravillas de Cristo

“La simple verdad es que no me puedo contener. Pero allí viene una pregunta a mi mente: ¿acaso publico con similar pasión las proezas de mi inigualable Salvador?” by Por La Mayor Angela Repass

Una de mis partes favoritas de nuestro ministerio es conversar con los niños del Centro Juvenil. A ellos les gusta hablar y me dicen las cosas que están pasando en sus vidas—algunas buenas y otras no tan buenas. Yo sé cuando hay algo que les gusta hacer porque vienen corriendo a decirme con gran emoción.

Adultos se comportan así también cuando algo excitante nos sucede. Si nuestro equipo de deporte favorito gana, nos ponemos contentos y hablamos de ellos con nuestros amigos. Una moderna manera de compartir estos eventos emocionales ha sido los medios sociales donde podemos dispersar nuestro alegre alboroto por todos los rincones del mundo.

Durante el Mundial de Fútbol este año, millones de personas compartieron la emoción de ver a sus países competir. Yo seguía fervientemente a México y cada día publicaba sus avances con sobreabundante júbilo en la internet. Cuando “El Tricolor” jugaban partidos nos congregábamos para verlos en la televisión y gritaba con efervescencia cada gol. El próximo día, todas las personas en la oficina tenían que soportar mis relatos de lo que ocurrió en el partido. 

Esto me sucede no solo con fútbol, sino también con varios deportes; cuando a mi equipo les van bien, yo no me puedo quedar callada. Con vehemente volumen me aseguro de que todas las personas que me rodean conozcan de las hazañas de mis deportistas favoritos. ¡La simple verdad es que no me puedo contener!

Pero allí viene una pregunta a mi mente: ¿acaso publico con similar pasión las proezas de mi inigualable Salvador?

Cada uno de nosotros que ha gustado del perdón divino tiene la agradable responsabilidad de compartir con otros esa suprema experiencia. Pues en todos los que han sido rescatados del mal brota un insaciable deseo de anunciar “su gloria entre las naciones, sus maravillas a todos los pueblos” (Salmo 96:3).

Tristemente muchos de los salvados se sienten incómodos al participar en esta promulgación. Algunos por miedo a ser rechazados o por no estar seguros de que sus vidas realmente reflejan la magnificencia de Dios. Aquí podríamos enumerar centenares de escusas por las cuales no evangelizamos. En su lugar, enfoquémonos en la razón por la cual nos corresponde acatar este mandato para hacerlo con denuedo.

En Sus palabras de despedida antes de retornar al Padre, Jesús pidió: “… vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (Mateo 28:19-20a).

Nuestro magnifico Maestro enmarcó Su dictamen con tres simples instrucciones: nos manda a ir, a compartir y a instituir. 

Jesús precisamente prescribió que Sus testigos comenzaran en Jerusalén, después saliendo por toda Judea y Samaria, hasta llegar a los confines de la tierra (Hechos 1:8). Nosotros cumplimos este modelo al comenzar nuestra predicación donde estamos presentemente, incrementando después nuestra influencia por dondequiera que pasemos aun saliendo de nuestro “ámbito natural”. Nuestro testimonio comienza en el hogar y se traslada a cada lugar donde entramos, transcendiendo todo parámetro o limitación humana. 

Cuando les pregunté a la juventud de nuestra congregación que consideran ser la iglesia, sin falta me contestaron que era el lugar donde vamos a adorar a Dios. Confieso qué gran tristeza me dieron sus respuestas. ¿Acaso no hemos enseñado a nuestros jóvenes que somos el cuerpo de Cristo (Colosenses 1:18), enviados a ser testigos ante toda persona de lo que hemos visto y oído (Hechos 22:15)? 

El reunirnos en un dedicado edificio es primeramente para la preparación de los fieles a salir y vivir abiertamente las verdades que aprendimos allí. ¿Cuándo fue la última vez que salió a promulgar el perdón de pecados puerta por puerta? ¿Se ha detenido en la calle, la parada del autobús o en una plaza a orar con las personas allí? Todos somos comisionados por Dios a salir de entre “las cuatro paredes” para proclamar las obras maravillosas de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 Pedro 2:9).

Jesús nos mandó a salir con la altísima intensión de presentar Su plan de salvación. Esta debe ser nuestra máxima meta pues la redención que Él ofrece es la única esperanza para la humanidad. Es verdad que a algunos se nos es fácil hablar con personas mientras que a otros les dará un ataque de pánico solo el pensar en tener una conversación una persona desconocida. Sin embargo, debemos recordar que este es un mandamiento acompañado con una doble promesa: Él siempre estará con nosotros (Mateo 28:20) y nos capacitará en todo para hacer Su voluntad (Hebreos 13:21).

Más allá del primer paso en dar a conocer a Cristo, esta misión mundial incluye el instruir a los “recién nacidos”, afirmándolos hasta que alcancen madurez. Ninguna madre da a luz y rápidamente deja aquel bebe para que crezca y aprenda sin apoyo. Nuestro Padre celestial nos envió también para dedicar tiempo y esfuerzo en cuidar de los “infantes”.

Ese proceso de adiestramiento naturalmente los llevará pronto a salir y participar en tareas evangelísticas. Siendo que el fin agradable al Señor es que todos lleguen a conocer la verdad y puedan ser salvos (1 Timoteo 2:3-4).

La práctica de esta disciplina espiritual puede tomar varias formas. Realmente no hay limites de cómo podemos compartir las Buenas Nuevas. Sencillamente en conversaciones, esparciendo publicaciones (¡como esta misma revista!), invitando personas a una función en la iglesia… En el pasado tiempo de Navidad, di playeras (camisetas/remeras) a nuestros soldados que tenían impreso un código QR para que la gente pueda visitar nuestra página de le internet con información de como recibir a Cristo. 

Pídale a Dios por ideas y converse con hermanos(as) en la fe de cómo podemos expandir el Evangelio. El Padre Celestial, que no desea que nadie se pierda (2 Pedro 3:9) se encargará de abrir las puertas y nos dará las oportunidades para compartir nuestro testimonio. Jesús quiere nuestra ayuda, buscando salvar a los que se habían perdido (Lucas 19:10).

Photo: baris canverenler/Getty

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